Aprovechando el despegue de la primavera y las actividades
de redacción que hacen en estas fechas en la escuela de adultos, dimos el
pasado mayo un paseo con las alumnas Tere, Teo, Basilia y Rosario, que nos
enseñaron distintas partes del pueblo.
Primero Rosario nos enseñó su patio donde crece una preciosa
parra virgen, y donde crecen los semilleros de tomates en macetas. Después
subimos por la calle del medio Celemín hasta el Tocairo, que es un grupo de
piedras que actualmente tienen señales de barrenas por haber sido utilizadas para
la extracción de piedra para adoquines, y que antiguamente tenían una cueva en
forma de pasadizo por el que solían pasar. Justo debajo está la fuente de la
zorra y allí cerca también la piedra puntiaguda llamada la solanilla.
Seguimos el paseo entre los lirios, el cantueso y la jara (que este año empiezan
a florecer un poco tarde, por el aire frío que vino en abril), y nos enseñaron
el conjunto de piedras las Pilatas, que tiene ese nombre por las pilas de agua
que se forman en lo alto de las rocas, y al otro lado otras rocas en lo alto
llamadas El Molinillo, y en medio un collado que llaman el callejón de la
cañadilla, donde antes había veredas, pero ahora están tapadas de jara porque
casi no se usan. Antes estaban despejadas porque se usaban para el pastoreo,
nos cuenta Teo, que fue pastora de ovejas desde los siete años hasta que se
casó. Con las churras hacian jerseys de lana a mano, con huso, rueca y agujas
hechas por ellas mismas. Ahora la lana ya no se utiliza por su escaso valor en
el mercado y lo barato que sale comprar las prendas hechas.
En la zona llamada La Hoyuela, Tere nos presentó a sus
caballos, Rocinante y Princesa, en un prado con muro de piedra en el que hay
una rebolla (roble) donde antiguamente ataban a la vaca para ordeñarla. Por lo hermosos que se veían los
caballos al haber tanto pasto este año, nos contaron un refrán: “Quién fuera
caballo en mayo, perro por San Miguel y gato por las matanzas, para comer bien”
(en mayo por los pastos de primavera, en San Miguel por las uvas que los perros
aprovechan, y en la matanza por las sobras que se comen los gatos). Luego
cruzamos el arroyo grande y Teo nos enseñó su huerta, con algunos tomates
recién puestos y unos frambuesos que aun no tenían muy buen aspecto porque con
el aire frío se habían “pasmao”.
En las huertas y sus alrededores son frecuentes los nogales
y las higueras, y a propósito de las higueras, nos contaron que hay un dicho
tradicional: “Los tallos de higuera es bueno que los plante un embustero”.
También hay muchos guindos, de dos clases: perrero, más ácido, y garrafal mas
grande y dulce. Enfrente de la huerta crece una salguera (sauce) cuyas flores
tempranas tienen una pelusa blanca que les da el nombre tradicional de gatitos.
Basilia nos mostró también su huerta donde tiene un buen trozo sembrado de
garbanzos y una hermosa mata de orégano. En la entrada pudimos ver un brote
silvestre de hinojo, muy aromático, que antiguamente usaban en el aliño de las
aceitunas.
Después de fijarnos en la peña de la cabra, en la falda del Mondalindo, fuimos a la huerta de Quintina, donde supimos
de la flor de la plata: una planta que da unas vainas que tienen en su
interior una parte de color plateado que se usaba como ornamento. En un corral
pequeño tienen conejos. Dicen que es bueno darles de comer el tomillo de
cantigüeso (cantueso) que le da muy buen sabor a la carne, aunque a veces
también se les da pienso preparado. En esta huerta siembran distintas zonas,
cada una siguiendo el manejo tradicional. Por ejemplo, berzas para las
gallinas, o la zanahoria, que se siembra en un bancal cuadrado y cuando germina
hay que quitarle las hierbas que van saliendo. Esto se hace a mano, cuando la
tierra está húmeda y salen fácilmente.
Y así terminó nuestro agradable paseo matutino. Queremos
agradecer a las alumnas del aula de adultos por todo el saber tradicional que
compartieron con nosotros. Si puede ser repetiremos en verano, y después, en
otoño.